Sara es una buena amiga, una gran persona, que comparte y se preocupa de los demás; incluso es una buena amante, no lo pongo en duda. Pero como compañera de viaje, en el sentido menos metafórico de la palabra, es un suplicio o una rozadura en el zapato, (que además sufre con frecuencia). Para ella, cualquier distancia es larga, cualquier espera una eternidad y cualquier contratiempo, una desgraciada. Será su condición natural de persona hiperbólica, pero no la disculpo. Aún menos este último día en San Petersburgo, que resultó memorable pero doloroso, como una herradura.
Para empezar, heredamos la resaca de la noche anterior. Entre el gran grupo, algunos de los pocos que habíamos oído hablar de Dostoievski, fuimos a visitar su museo, que resultó estar cerrado por fiesta nacional. Paradójicamente, y esto abala la grandeza del pueblo ruso, los rusos celebran su última gran fiesta nacional, la que conmemora el origen de la Federación Rusa, el mismo que día que se independizaron muchos de los países que invadieron antes y después de la II Guerra Mundial. En realidad, sería como celebrar el día de la hispanidad en el aniversario de la perdida de Cuba y Puerto Rico.
Probamos entonces otro museo, el Hermitage (un Louvre ruso, o mejor). Era una larga caminata. Demasiado larga a juicio de Sara. Llegamos sedientos, allí donde el agua y los abrigos están prohibidos. No las cámaras, y fue una suerte, porque los cuadros se mueven menos incluso que los rusos. Tres horas caminando en soledad, pues me he vuelto de esos que gustan valorar el arte sin distracciones, y al final nos fuimos. Afuera estaban Sara y los otros, apáticos, como salidos de una sesión de ‘Pilates’.
Fuimos a recobrar fuerzas, a por nuestra primera comida del día, un poco antes de las 6, cuando ya era de noche. Era una pizzería un tanto desagradable, y sobre todo muy apretada. Aquí sucedió el que probablemente haya sido el hecho más desgraciado del viaje. A Sara le robaron la cartera. Allí llevaba el DNI; 300 rublos (unos 10 euros); dos tarjetas de crédito correspondientes a dos cuentas distintas, ambas con bastante dinero; el carnet de conducir; la licencia de armas y la tarjeta sanitaria europea. No es para reírse, pero aun así, reproduzco alguna de las frases de consuelo más populares de aquel noviembre del 2008: “lo importante es que tengas salud” “podría haber sido peor, te podrían haber robado el pasaporte” “si cada ruso te diera una peseta…” “seguramente cojan el dinero y tiren las tarjetas” “no queda nada para tu cumpleaños” “si te las usan, estás en tu derecho de negarte a pagarlo” “a mi tía Eulogia Aurelia…” “tu tranquila tía, que si necesitas dinero te lo dejo”.
Tras la desgracia, San Petersburgo, aquella gran ciudad, se torció en un lugar malcarado e incierto. Se nos había acabado. Desde entonces, como cualquier día de viaje, noctambulamos hasta que llego nuestra hora. En la estación, un fresco del abuelo Lenin guiando al pueblo nos despedía, a los 11 de Moscú.
Calle aneja al hogar de Dostoiesvki








Hermitage








